Todo Guadaira a un click

Organización

Guadaira es un Colegio Mayor masculino de titularidad privada con estatutos propios, y adscrito a la Universidad de Sevilla. El Colegio Mayor cuenta con una sencilla estructura organizativa compuesta por una Junta de Gobierno y presidida por un Patronato de Gobierno.

Junta de Gobierno, 2019-2020

Álvaro Velarde Queipo de LLano

Director del Colegio Mayor

Perico Ortega Campos

Subdirector del Colegio Mayor

Enrique Ponce Núñez

Secretario

Patronato de Gobierno, 2019-2020

D. Manuel Gutiérrez de San Miguel Herrera
Presidente

D. Carlos Pérez-Embid
Wamba Vicepresidente

D. Álvaro Velarde Queipo de Llano
Secretario

 

D. Manuel Benito Izquierdo
Vocal

D. José Juan Aranda Muñoz
Vocal

D. Juan Jesús Cabrillana Leal
Vocal

Consejo colegial

El Consejo Colegial, compuesto por los Colegiales Becarios, es el órgano específico de participación de los colegiales en la consecución de los fines del Colegio Mayor. Se inspira en un principio de leal colaboración con los restantes órganos del Colegio Mayor, buscando la unión de voluntades como medio para una convivencia ordenada y una eficaz tarea formativa.

Consejo Colegial, 2019-2020

José Manuel Marchena Coello

Decano

Roberto Holgado Rojas

Vicedecano

Salvador Nieto Espinilla

Secretario

Vocales, 2019-2020

José Miguel Córdoba Méndez
Rafael Martínez Fuentes
Manuel Molina González
Javier Moyano Gómez
Ignacio Lovera Guerrero
Antonio Sánchez García
Manuel Moreno Rastrollo

Historia del Colegio

Los Colegios Mayores son centros que, integrados en la Universidad, proporcionan residencia a los estudiantes universitarios y promueven la formación cultural y académica de los que en ellos residen, proyectando su actividad al servicio de la comunidad universitaria. 

Guadaira es un Colegio Mayor masculino de titularidad privada con estatutos propios, adscrito a la Universidad de Sevilla.

Don Vicente y Don Jesús

Quisiera, al comenzar mi intervención en este solemne acto, disculparme ante vosotros porque haya tenido que ser precisamente yo quien os hable hoy. El actual Director del Colegio Mayor me daba una serie de razones por las que convenía que así fuera: la principal, para él, era que soy historiador de profesión y el tema iba a ser de índole histórica. Pero a mí ese argumento no me convencía. También José Antonio Calderón es historiador y, además, como Rector de la Universidad conoce mejor que nadie la historia intelectual de Sevilla en los últimos años. Ciertamente, a José Antonio se le habrían de escapar algunos matices de esta historia íntima, cordial, que supone la vida del Colegio Mayor Guadaira como expresión del espíritu que lo informa, del espíritu del Opus Dei Sin embargo, aunque no sea historiador, hay entre nosotros una persona capaz de explicar ese espíritu profundamente y, al propio tiempo, hacerlo con el alcance subyugador de la poesía. No creo que nadie dude de a quién me refiero: a quien todos consideramos que hubiese sido el mejor orador en esta ocasión; mas fue precisamente el propio Jesús Arellano el que me dio la mejor razón de todas para que le supliera. Él, que vivió con tanta intensidad la aplicación del modo de ser de la Obra al Colegio Mayor Guadaira y que después ha contemplado desde fuera con orgullo su etapa de amplio desarrollo, consideraba que debía ser yo el que ahora hablase, porque mi vinculación había sido muy íntima, pero no tan estrecha como la suya. Quizás usó en esa ocasión, una vez más, su consumada dialéctica. Entonces me convenció -al menos, lo suficiente para verme hoy aquí-; en estos momentos, sin embargo, mi ánimo está más dudoso y no sé si estoy realizando o no una cierta usurpación de papeles. Hay una época de la historia de Guadaira en la que Jesús Arellano se funde de tal modo con ella que pierde gran parte de su personalidad privada. Guadaira y Arellano fueron durante algún tiempo casi la misma cosa. No creo que ninguno de los residentes de aquel entonces ni de los que con él trabajábamos desde fuera, se sienta menoscabado por ello. Quizá él sea el único sorprendido por mis palabras, pero como historiador -ya que como historiador me han llamado- testifico. Ciertamente, Jesús, que no quiero escandalizarte con lo que acabo de afirmar. Tú, realmente, no tenías la menor intención de que fuese así. Tú, simplemente, eras el instrumento para que Guadaira creciera en el espíritu de la Obra. Lo conseguiste identificándote lo más posible con ese espíritu. Tu personalidad creció únicamente a impulso de tu continuo compromiso. Como siempre, la vida del hombre está llena de paradojas. El hombre cuando se compromete aumenta su libertad. La libertad no consiste sólo en liberarse de los condicionamientos que nos atan; consiste más específicamente en adoptar decisiones que llevan consigo compromiso, entrega, responsabilidad. Pero dejémonos de filosofías, porque si de filosofías se tratase, la razón de ser yo historiador perdería toda su fuerza, y con ella el motivo principal de que me eligiesen para hablaros. Comprenderéis, sin embargo, que nobleza obliga, y yo me siento ligado a Guadaira, que es la institución, y en cierto modo a Jesús Arellano, que es un poco el símbolo de todos los que nos entregamos a ella en los primeros tiempos de su historia. Por eso, si hablo ahora, lo hago en su nombre y en el de todos los que a lo largo de estos veinticinco años nos sentimos ligados y obligados con un Colegio Mayor que constituye en los ambientes universitarios de Sevilla un hecho auténticamente importante.

Tres etapas

La historia de Guadaira tiene tres etapas muy claras. La primera, de seis años, de 1945 a 1951, cuando es sólo una residencia universitaria; la segunda, de 1951 a 1968, cuando en las mismas instalaciones anteriores se configura como Colegio Mayor Universitario; y la última, al emplazarse en el Paseo de la Palmera. Pero Guadaira, como todas las instituciones importantes, tiene prehistoria; y esa prehistoria supone la formulación precisa de un espíritu que luego necesita apoyarse en la materia de unos muros y unas paredes a fin de concretarse y expandirse. No os voy a hablar, como es lógico, de la dimensión universal del espíritu de la Obra, que es la fuerza actuante en este Colegio Mayor y en tantas otras obras corporativas del Opus Dei, extendidas, gracias a Dios, por tantos países del mundo. Todos los que aquí me escucháis conocéis lo suficiente de ese modo de ser para que no necesite referirme explícitamente a él. No dispongo de tiempo ni es ésta la ocasión para ello.

Prehistoria

Sí debo, en cambio, hablar de lo que sucedió entre septiembre de 1942 y septiembre de 1945, los años de la gestación de Guadaira, los años, pues, de su prehistoria, que son también de la historia -ahora no prehistoria, sino historia a secas- de la Obra en Sevilla. Todo comenzó con la llegada a Sevilla por razones puramente profesionales de un grupo pequeño de miembros del Opus Dei. Lo profesional, el recto ejercicio de lo profesional, está metido siempre en la misma entraña de nuestra expansión por el mundo; no podía ser Sevilla una excepción. En este caso, un profesor y varios estudiantes que venían aquí a trabajar. No se trataba de hacer una fundación al estilo clásico; se trataba de estudiar para los estudiantes, y estudiar y enseñar para el profesor. Naturalmente, este profesor y estos estudiantes eran católicos y estaban enamorados de lo que habían aprendido de monseñor Escrivá de Balaguer: que el mismo hecho de ser católicos les obligaba a trabajar intensamente en su profesión y a aumentar el buen espíritu cristiano de sus compañeros y amigos: ¿por qué nuestros amigos no iban a participar de nuestra propia alegría? El profesor y los estudiantes eran americanistas, por eso habían venido a Sevilla. Vivían en una residencia oficial, muy cerca de aquí, en la Residencia de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, que ahora se encuentra emplazada en la calle Alfonso XII, pero que entonces acababa de instalarse en una calle muy corta que da al Paseo de la Palmera. Era un chalé que, cuando se alquiló, sobre la puerta del jardín, en mosaico sevillano tenía escrito un nombre: “Casa Seras”; y con ese nombre fue conocido por todos los que tenían relación con los que allí vivíamos. Con todo esto no quiero decir, ni mucho menos, que Casa Seras sea el antecedente de Guadaira; sería una inexactitud histórica. Casa Seras era una residencia estatal, con personalidad propia, en la que vivíamos algunos miembros de la Obra, los primeros que nos establecimos en Sevilla, pero que allí nos encontrábamos -eso sí- en familia. Ésa es la razón de que todos conservemos el mejor recuerdo de aquellos días en donde quedaron algunos años de nuestra juventud. Allí vino a vernos, en dos o tres ocasiones, el Fundador del Opus Dei, monseñor Escrivá de Balaguer. Allí hablábamos con los amigos de esas cosas íntimas de nuestra familia. La verdad es que a mí me gustaría en estos momentos ser poeta más que historiador para expresaros con palabras precisas -eso es la poesía, dar con la palabra exacta el verdadero sentido a la creación- todo lo que representa Casa Seras para los que entonces convivíamos allí: decir llanamente lo que significa esta etapa de juventud que está tan íntimamente unida a la Obra en Sevilla; pero no soy poeta. Queríamos conquistar Sevilla, y no teníamos miedo a que Sevilla nos conquistara. Queríamos entrar a formar parte de Sevilla, porque su grandeza no nos asustaba. Teníamos que decirle algo a Sevilla, aunque como contrapartida Sevilla se nos iba a meter muy dentro, porque el sevillano, con su gracejo, con su naturalidad, con su apariencia de tratar las cosas trascendentales de la vida de modo tan poco trascendente, estaba muy en la línea de lo que íbamos a pedirle. Nosotros caminábamos con seguridad y los sevillanos también. Qué claro veíamos el futuro, hoy tan real. Muchas lecciones nos dio Sevilla. La fuerza de su cristianismo vivido sin soberbias colectivas de ningún tipo -y, por eso, el más apto para resistir los oleajes, algo delicuescentes, que iban a sobrevenir- y también particularmente apto para comprender la Obra. Perdonadme si quizá soy poco objetivo al hablar de Sevilla. Desde entonces, desde 1942, me siento andaluz por los cuatro costados, me siento andaluz de esta Baja Andalucía que tiene mucho que decir aún en el concierto de España y Europa, cuando logre deshacerse de algún lastre social que la afea. Por lo menos, ésa es mi opinión personal; ése es, a mi entender, el gran reto al que ha de enfrentarse la juventud andaluza de hoy. Pero volvamos a lo nuestro. Aquellos años de Casa Seras estaban llenos de compromiso, y nos complacía en el alma comprometer a nuestros amigos. Compromiso, en último término, que nunca se ha roto; compromiso, además, que deja mayor libertad a la persona para realizarse. A las pruebas me remito. No creo que nadie que los conozca dude de personalidades tan fuertes y tan diferentes como, por ejemplo, Florentino Pérez Embid, Javier Ayala, Ismael Sánchez Bella o Antonio Fontán. Tampoco la amistad que nos demostraban otras muchas personas iba en deterioro de nada. Sería injusto si no recordase aquí al entonces Rector Mariano Mota, al Director del Archivo de Indias Cristóbal Bermúdez Plata, a Carlos García Oviedo, en aquel tiempo Vicerrector de la Hispalense; y -cómo no- a mi querido amigo, el actual Rector José Antonio Calderón Quijano, a Antonio Muro, a Jesús López Guerrero y a tantos otros que fueron compañeros en aquella aventura profesional y espiritual. Estoy seguro que conforme evoco estos recuerdos -muchos de pasada, como es natural, porque el tiempo apremia-, a cada uno de los que estamos aquí y vivimos aquella época, se nos agolpan una serie de imágenes en las que han desaparecido las aristas desagradables y queda sólo lo redondo, lo completo de algo que es bueno y, por ser bueno, ha sido fecundo. Se nos ha olvidado ya la fatiga que todo trabajo lleva consigo y nos queda una idea blanca, de limpieza, que es la que preside los años de la primera historia de la Obra en Sevilla. Nunca teníamos tiempo en aquel entonces de mirar atrás. Era tanto lo que había que hacer que no podíamos recrearnos en las penas, cuando aparecían: se iban solas.

Primera etapa: Buscando residencia

Pero entremos ya en la historia de Guadaira: historia que retorna por la propia fuerza que tiene, porque en sí no es pasado, sino futuro. Los primeros meses de 1945 empezamos a buscar casa para instalar en ella una residencia de estudiantes que iba a ser la primera obra corporativa del Opus Dei en Andalucía. Contábamos con nuestro trabajo y una ayuda económica importante que nos había prometido el Sr. García Junco. El Miércoles Santo de ese año estaba con nosotros monseñor Escrivá de Balaguer. Con él fuimos a ver la casa que nos parecía más adecuada. No quiso entrar en ella, conformándose con las explicaciones que le dimos. Allí, con el coche parado frente a la entrada, se tomó la decisión de comprar Canalejas 8, propiedad del que después fue siempre gran amigo mío, Santiago Monteflorido. El edificio, por su disposición y traza exterior, le recordó a monseñor Escrivá aquella otra residencia de Madrid en la calle Ferraz, la del número 16, que muy poco antes de comenzar la guerra civil española, había sido adquirida para sustituir a la primera residencia de la Obra establecida en una planta de Ferraz 50. La de Ferraz 16, frente al cuartel de la Montaña, había sido destruida durante la guerra. La única diferencia exterior entre la casa de Sevilla y la que por breves días habíamos ocupado en Madrid, era que la entrada de coches de la de Monteflorido estaba situada a la derecha y la de Ferraz 16 estaba a la izquierda. La nueva casa de Sevilla era quizá un poco mayor, porque en Ferraz 16 no existía la planta tercera, retranqueada, y sí, en cambio, en la de Canalejas 8. Aquella visita de monseñor Escrivá -me parece recordar fue la tercera que hacía a Sevilla- iba a ser, sin embargo, la primera en que pudimos enseñarle algunas procesiones de la Semana Santa. Ante la naturalidad con que vio tratar a la Virgen por los sevillanos, estoy seguro que también en él quedó prendida la idea de que Sevilla sería siempre un apoyo firme. Intercalamos a esta altura del discurso de don Vicente esos otros retazos de la historia que hemos podido reconstruir. San Josemaría Escrivá había salido de Madrid el Martes Santo, 27 de marzo de 1945. Era este su tercer viaje a Sevilla, porque además del mencionado de 1938, pasó también unas pocas jornadas en la capital hispalense en diciembre de 1943, con don Alvaro del Portillo y don José Luis Múzquiz, que entonces preparaban sus tesis doctorales en la Facultad de Filosofía y Letras. El Miércoles Santo de 1945 estaba monseñor Escrivá como recuerda don Vicente en Sevilla. Ese día celebró la Santa Misa en Casa Seras; era el XX aniversario de su ordenación sacerdotal. Con los que le acompañaban don José Luis Múzquiz, ya ordenado sacerdote, y el arquitecto Ricardo Fernández Vallespín pernoctó en un pequeño parador de Alcalá de Guadaira. El objeto del viaje era concretar una sede para la residencia de estudiantes y proseguir la marcha por Andalucía visitando a algunos obispos, además de buscar casa para instalar otra residencia de estudiantes en Granada. A San Josemaría le bastó ver por fuera el edificio de Canalejas 8, para darse cuenta de que podría servir como residencia. Era amplio y tenía cierto empaque. Don José Luis y Ricardo con Javier Ayala entraron en la casa y sacaron unos planos que le parecieron bien. Su propietario, el Marqués de Monteflorido, dio facilidades para adquirirla. En la tarde de ese Miércoles Santo le llevaron a ver alguna procesión de las que salían ese día. Fue un año con dificultades para los desfiles procesionales de la Semana Santa a causa de la lluvia. Alberto Martínez Fausset, un sevillano que desde 1946 vive en Roma y que le acompañó esa tarde, recuerda bien que contemplaron en la calle a la popular cofradía del Baratillo. Hizo una visita en la que consiguió el donativo para la opción de compra. Durante el año de 1945, realizó otros dos viajes a Sevilla, encaminados a conseguir la puesta en marcha de la residencia. En junio vino para ver a la persona que posibilitó que la casa se adquiriese. Fue una jornada en la que se hizo notar especialmente el cálido verano sevillano. Celebró Misa, también en Casa Seras, en aquella mañana del 26 de junio de 1945, precisamente treinta años antes de su dies natalis. Uno de los asistentes, su biógrafo Andrés Vázquez de Prada, presente en esa ocasión, escribe que «tuvo que celebrar muy corrido el sol de la mañana. El oratorio, en un ángulo de la casa, había recibido el plomo derretido de sus rayos. No había ventilación apropiada, y aquello era un horno. Sus gestos eran devotos; sus movimientos, rápidos; y recitaba con calma, dando perfecto sentido a las palabras. Por el rostro del Padre y de los asistentes corrían gotas de sudor, pues la temperatura era insoportable en el cuarto. Transcurrió la Misa sin prisas ni atropellos. De haberse alargado la ceremonia se corría el peligro de mareo. Al desvestirse en la sacristía todavía hizo unas observaciones sobre la limpieza de los ornamentos». El 10 de diciembre de 1945 estuvo de nuevo en Sevilla San Josemaría. Esta vez ya pudo alojarse en la casa de la calle Canalejas, que se llamaría Guadaira, donde celebra la Misa al día siguiente. Deja el Santísimo en el oratorio, instalado en la habitación que parecía más decorosa: el antiguo comedor, que daba al patio y tenía un artesonado y un alto friso de madera. Desde que se adquirió la casa se habían ido haciendo los arreglos necesarios para adaptarla a residencia de estudiantes, pero aún no había residentes. Sólo vivían allí algunos de la Obra y las pocas sillas que tenían las trasladaban de un lugar a otro. Su petición a la Virgen de los Reyes había surtido efecto. Y, como había indicado, una pintura con su imagen presidía el oratorio. La última vez que estuvo en esa casa el Fundador del Opus Dei fue en enero de l946. Tras ese viaje, la residencia es ya una realidad. En ese año Guadaira abre sus puertas y comienzan a llegar los residentes y a funcionar con normalidad. Aquí dejamos la palabra a don Vicente para que prosiga con sus recuerdos.

Un ambiente, un estilo

La residencia de Canalejas ━continuaba Don Vicente━ se abre con el mobiliario más indispensable. Digamos que La residencia de Canalejas -decía Don Vicente- se abre con el mobiliario más indispensable. Digamos que elemental, aunque, eso sí con solera de años, ya que no de estilo. Sólo viven doce residentes. Al frente de ellos, un estudiante de medicina, alumno elemental, aunque con solera de años, ya que no de estilo. Sólo viven doce residentes. Al frente de ellos, un estudiante de Medicina, alumno interno de la cátedra de Cirugía que regentaba Manuel Royo, al que hoy los avatares de la vida le han hecho Obispo en Perú. Me refiero, como es natural, a don Ignacio Orbegozo. La verdad es que Ignacio era todo un temperamento. Todavía recuerdo el modo de tratar a sus pacientes. Un día, un absceso en una pierna me impedía salir de Casa Seras. Allí fue él en bicicleta. Con el traqueteo, se le rompió la ampolla de la anestesia. Ocultó el bisturí en la mano y, mientras me preguntaba qué miraba, me abrió la pierna con todo cariño. Los primeros años de la Residencia transcurren entre las dificultades lógicas de todo comienzo. Con escaseces que afectan en ocasiones a la misma comida. No recordar aquí a Ángeles, la cocinera, sería una injusticia grave: ¡con los apuros que ella pasó! Pero a los que allí vivían se les había enseñado que las cosas que nacen grandes, son monstruosas. Los seres normales son siempre pequeños cuando nacen a la vida. En 1948 se hace cargo de la dirección de la residencia Jesús Arellano; también en ese año se constituye el Patronato. No cambian mucho los muebles, pero hay más desahogo. Su Presidente también está aquí: es José María Pemán; el Vicepresidente era el Conde de Bustillo. Dos andaluces ejemplares que fueron comprendiendo la Obra al compás de los acontecimientos. A los demás miembros, de los que todos nos acordamos, permitidme que los simbolice en uno de ellos: un hombre de empresa, perfecto caballero, incapaz de dobleces, que se llamaba José María Ibarra. He dicho que esos seis años transcurren con dificultades; mejor hubiera sido decir que transcurren llenos de esperanza transformada en obras, en personas, en buen espíritu. En Jerez se aprende que el vino añejo se consigue en el reposo de las cubas; para que la Obra adquiera fuerza en Sevilla han sido imprescindibles aquellos seis años llenos de promesas, en algunos casos inacabadas. La residencia de aquellos días es lugar de trabajo proyectado hacia fuera y punto de reunión de la familia, lugar también de descanso. Es entrañable este período lleno de recuerdos íntimos y de trabajo con rendimiento seguro: recuerdos que no hieren, que conservan la lozanía de los años mozos.

Segunda etapa: Colegio Mayor

El 14 de julio de 1951 el Ministerio de Educación Nacional erige por Decreto la residencia universitaria como Colegio Mayor. La Universidad de Sevilla estrena, con aquel Decreto, su primera institución privada. Es cierto que el Reglamento regulador de los Colegios Mayores había aparecido ocho años antes, pero las cosas en la España de aquel tiempo van con mucha más lentitud que en la actual. Circula poco el dinero. Comienza entonces la segunda etapa de Guadaira. Una larga etapa de dieciocho años, en la que el espíritu del Colegio Mayor, que ha roto ya los muros de la casa, se siente cada vez más constreñido por las limitaciones de espacio, lo cual no es óbice, ni mucho menos, para que ejerza en la vida cultural sevillana un influjo muy superior al que de hecho le correspondería si contáramos sólo a los residentes y a los adscritos, mucho más numerosos estos últimos que los primeros, especialmente en la segunda mitad de cada curso. Veinticinco residentes, veintiocho residentes, treinta residentes: ¿corresponden estas cifras al influjo de Guadaira en Sevilla? No hace falta ser un partidario para responder rotundamente que no. Mi opinión tiene quizás mayor valor porque yo no residía en el Colegio Mayor. Yo era, si queréis, el mejor espectador de su vida interna, un buen conocedor de sus problemas y, si acaso, uno de sus instrumentos para romper el cerco material de su recinto y lanzar a sus gentes hacia fuera. Este fue el secreto de Guadaira: la formación humana y espiritual de sus residentes, el ambiente interno de buen humor, de vida en familia, de una familia bien avenida en la que existía una comprensión mutua extraordinaria entre dirección y residentes. Quiero hacer hincapié en este hecho importante. No es únicamente la dirección la que imprime carácter a Guadaira. Jesús Arellano es un símbolo de aquella época, pero sólo un símbolo. El Colegio Mayor lo hacen todos los residentes. Todos, sin excepción, ponen contribuyen con su esfuerzo para que los visitantes, adscritos o no, se sientan en su casa desde el primer momento. A veces se quejan de que no los atendemos, sobre todo al comienzo del segundo trimestre, cuando la residencia se llena con estudiantes de fuera. Saben que su queja no debe atenderse, porque ellos han sido los primeros culpables de que así suceda. Diego Mendoza, Fernando Carrasco, Diego Domínguez, Pepe Chaves y otros que no puedo citar por falta de tiempo, recordarán ahora el gesto agridulce que tiene siempre la entrega. Al propio tiempo, Guadaira se convierte en un centro cultural importante. El Colegio Mayor, que tiene a gala el tener sus puertas abiertas de par en par, quiere hacerlo saber así a la ciudad. Conferencias, charlas, clases o, más sencillamente aún, los coloquios de su sala de estar. “Coloquios de Guadaira” los titula la prensa. Gran número de catedráticos y profesores universitarios colaboran en esta labor formativa. No creo de interés citar nombres, porque cualquier omisión sería un pecado mayor; podría parecer que el olvido significa ingratitud. Diría incluso que lo que pudiéramos llamar la totalidad moral del profesorado de Sevilla unos con un motivo, otros con otro pasaron por allí y nos ayudaron. No es retórica: es una realidad y, por consiguiente, tiene que ser pública nuestra gratitud.

Guadaira y Sevilla

Pero este Colegio Mayor tenía contraído un compromiso de tal naturaleza con la ciudad que no era posible reducirse a un círculo muy importante como es el universitario, pero que por propia definición no pasaba de ser minoritario. La cultura hay que sembrarla como se siembra el trigo: a manos llenas; o por lo menos como se sembraba antes de que las nuevas técnicas ordenaran el aprovechamiento de la simiente. Los bienes culturales no son privilegio de unos pocos, han de ser bagaje de todos los hombres. Con la modestia de los medios económicos de que entonces se disponía “el mobiliario continuaba siendo una prueba de ello” la actividad del Colegio se irá extendiendo a los barrios de la ciudad: el Vacie y San Jerónimo, por ejemplo. En algunos de ellos se instalan, andando el tiempo, centros culturales y deportivos que iban a dar permanencia a esta labor de ayuda a la formación de trabajadores y empleados jóvenes. Con este fin, se crea en 1956 el Centro Cultural Candilejo; en 1963, Altair, que se convertiría, cuatro años después, en la institución docente que todos conocemos; en 1964, Baivel. El Club Baivel ejerce su función en la Macarena y sus alrededores; Candilejo en la zona vieja de Sevilla, primero en Corral del Rey, luego en Descalzos 2; Altair en los barrios de Juan XXIII, La Plata, el Cerro del Águila, Amate. Simultáneamente y dependiendo también del Colegio Mayor, van naciendo otros núcleos de irradiación conforme al ritmo de crecimiento de la ciudad. Así sucede con la residencia de la calle Asunción, que nace en 1962, y con el Club Juvenil Tarfía, creado en 1964, ambos para la formación de estudiantes de bachillerato, y con la Residencia de la Plaza de Cuba, que comenzó su labor al año siguiente, dedicada a la formación de universitarios. Desde el principio se pensaba que la labor del curso era necesario complementarla con actividades durante el verano, ese verano tan largo de los estudiantes, que parece que ahora el Ministerio y las Cortes han reducido algo. Sevilla, por su clima, no es lugar adecuado para trabajar en el mes de agosto: hace algo de calor. Por eso, el Colegio Mayor organizaba cursos de verano donde podía. Unas veces fue en Castilleja de Guzmán, en el Colegio Mayor Santa María del Buen Aire, que entonces dependía de la Universidad; otras en La Rábida; y otras, en fin, en casas de campo particulares, cuyos dueños las cedían temporalmente para ayudar a la labor formativa de Guadaira. A partir de 1958, sin que desaparezcan en absoluto estas actividades en casas particulares y en los Centros que hemos reseñado a título de ejemplo, se celebran de forma más continua en Pozoalbero, en Jerez de la Frontera. Pozoalbero terminaría después por convertirse en una casa de convivencias que muchos de los que están aquí conocen, porque por ella han pasado ya millares de personas. Mientras el campo de acción de Guadaira se ampliaba a lo largo de estos dieciocho años, también se iba transformando la vida estudiantil sevillana. En 1953, la Residencia Universitaria Salesiana “la RUS”, que había abierto sus puertas en 1945, se constituye en Colegio Mayor. En 1948, el Estado crea el Colegio Mayor Hernando Colón. Antes, en 1946, el de Santa María del Buen Aire. En 1966, dos más: el Colegio Mayor Almonte, también obra corporativa del Opus Dei, y el Fernando III el Santo. Por último, en 1968, el de Santa María de los Remedios. Todo es mayor de lo que había sido. La Universidad, tan entrañable-mente estrecha en su sede de la calle Laraña, se traslada en 1958 a la Fábrica de Tabacos. Allí aparecen nuevas especialidades de las Facultades de Letras y de Ciencias. Medicina, construye un edificio tras otro y siempre se les quedan pequeños. El mismo ámbito de los estudios se amplía con la creación de las Escuelas Técnicas Superiores de Arquitectura, en 1960, y de Ingenieros Industriales, en 1966.

Tercera etapa: En el paseo de las Palmeras

Como es natural, Guadaira ha crecido. El edificio de Canalejas fue demolido en octubre de 1968. Desde entonces “perdonadme el plural”, estamos aquí. Ahora con espacio para cien residentes y doscientos adscritos, pero con el mismo espíritu: estudio serio y profundo, convivencia familiar y formación humana, todo ello iluminado por el deseo de vivir reciamente una cada vez más profunda vida cristiana. No necesito haber asistido a ninguna de vuestras tertulias para saber cuál es su carácter; tampoco tengo que hacer el menor esfuerzo por entender que los actos de piedad de este Colegio Mayor serán siempre sencillos y totalmente voluntarios. Yo os diría que, siendo bastantes los puntos que forman ese denominador común del espíritu de Guadaira, hay uno que destaca con nitidez, con fuerza propia: la libertad. Pero también hay que aprender a ser libres. La libertad es un atributo que el hombre tiene y que ha de cultivar día a día para que llegue a ser su mejor exponente. Más aún: hacerse hombres, es hacerse libres. Pero la libertad no es sólo ni mucho menos una mera posibilidad psicológica de elección. La libertad se forja sabiendo a dónde van los distintos caminos que se presentan en la vida. Por tanto, teniendo capacidad necesaria para poder elegir; y, luego, carácter suficiente para, una vez que uno ha elegido, llegar hasta la meta. Habéis visto que he identificado muchas veces la libertad con el compromiso. Yo diría que el hombre que se compromete, que no cifra sus ilusiones más o menos mezquinas en vivir su independencia, es el que de verdad es libre. Es propio de la condición humana comprometerse, entregarse a los demás, tener a gala el servir a los demás. El independiente, el que lucha honradamente consigo mismo a fin de liberarse de las ataduras materiales y espirituales que atenazan su propio yo, pero se queda ahí, no es ni siquiera independiente. Me acuerdo que hace muchos años leí un relato casi desconocido de Azorín, en el que hablaba de un partido político que entonces nacía a la vida pública: el de los “independientes”. Cuando se anunciaron las elecciones, perdieron ya la primera partícula de su nombre y se quedaron en “dependientes”. Cuando llegó la hora de formar Gobierno, perdieron la segunda partícula, se quedaron en “pendientes”. Y afirma Azorín que cuando ocuparon poltronas ministeriales, perdieron el “pen-”y se quedaron en “dientes”. No sé si será verdad, porque como historiador no he llegado todavía a esa época; pero el relato de Azorín nos sirve para reafirmar la tesis de que la libertad es compromiso, es entrega. Sin entrega, no hay libertad. Como tampoco hay verdadera entrega, entrega del alma a un compromiso, sin libertad. Es, evidentemente, una paradoja al menos en apariencia, pero también es una paradoja aquella frase evangélica: «El que ama su vida, la perderá y el que la pierde, la encontrará».

Últimas décadas

Aquí acaba la intervención de don Vicente. El ambiente de familia, que desde sus comienzos ha sido tan propio de Guadaira, fue especialmente intenso cuando el Colegio Mayor ocupó el caserón de la calle Canalejas. Allí, dirección y colegiales sumaban aproximadamente una treintena, con lo que el aire que se respiraba era connaturalmente familiar. No se trataba, ciertamente, de la mera realidad de vivir todos bajo el mismo techo, sino de ese espíritu al que don Vicente se refería en su intervención del acto del XXV aniversario. Pasar de treinta a cien residentes, que es la capacidad actual del Colegio Mayor, no ha sido obstáculo para que se mantenga el inicial aire de familia, esa convivencia amigable y espontánea, que atrajo a tantos universitarios a Guadaira. La instalación material no era lo decisivo. De todas formas, también en pequeños detalles decorativos y de toponimia en los nombres de las zonas de habitaciones se buscó la continuidad del nuevo edificio con el viejo de Canalejas. Cuando un residente de la primera época se adentra en la sede que hoy ocupa el Colegio Mayor, se sorprende gratamente cuando descubre los azulejos de la imagen de la Virgen que estaban en el patio de Canalejas, o cuando oye hablar del Primer o Segundo Triunvirato, del Decanato, del Torreón, del Pentágono o de la Ciudad de los Muchachos. Todo eso le suena a sus años de estudiante, a aquella grata convivencia en la que nadie se encontraba sólo, en la que todos creían hacer poco, porque siempre había alguien a su lado dispuesto a servir. En los primeros años de la década de los setenta tiene lugar en el Colegio Mayor el acontecimiento de este ámbito familiar más importante desde sus inicios. Porque vino de nuevo quien casi treinta años antes lo había hecho nacer. Si lo importante en Guadaira es ese espíritu que se pretende inculcar en los que pasan por el Colegio Mayor, se trataba ahora de oír a quien estaba en el origen del mismo. Nos referimos a la jornada del 8 de noviembre de 1972, día en el que el Fundador del Opus Dei consagra el altar del oratorio y tiene una tertulia con los residentes, algunos antiguos colegiales y otras personas allegadas a Guadaira. Afortunadamente se conserva la filmación de esa viva y emocionante tertulia. El Padre, así aprendieron a tratarle los residentes, llegó a Guadaira a media mañana. Primero se celebró el acto de la consagración del altar en el oratorio. Una copia del acta de consagración se ha colocado recientemente en el anteoratorio. Luego, la tertulia en el salón de actos, con la gente enracimada, con intervenciones chispeantes de los oyentes; fue especialmente emotiva. El Padre se desenvolvía con un gracejo que estimulaba más la alegría de todos. Se dirigía personalmente a unos y a otros. Los residentes se conmovieron porque notaron que les ayudaba a acercarse más a Dios. Durante la tertulia, la pregunta que se le ocurrió hacer a uno de los residentes: “Padre, y además del estudio, ¿cual cree usted que es la mortificación más agradable a Dios?” provocó la risa en más de uno. El Padre, que se rió también con esa declaración, le contestó: «Yo pensaba que el estudio para ti no era una mortificación, pero, en fin, puesto que es mortificación, estudia mucho. Y después, a lo largo del día, procura recibir alegremente las cosas molestas, que no esperas y que vienen de improviso. Porque si tú te mortificas voluntariamente, eso vale, y es muy agradable a Dios; pero aún es más agradable si aceptas con una sonrisa lo que no esperas, y viene, y te hace sufrir: la injusticia, la calumnia, la mentira, la trapisonda, el enredo, la enfermedad…, aunque sólo sea un dolorcillo de cabeza. Esas mortificaciones sí que son buenas, son las mejores: es verdadero espíritu de penitencia». A la pregunta de otro residente, dio el Padre una respuesta de las que son para pensar despacio: «El que no se complica la vida no es buen cristiano. Además, si él no lo hace voluntariamente, la vida misma se encargará de complicarle de todas maneras, y entonces será un desgraciado. Se sentirá cobarde, inútil, ineficaz, un peso muerto que tendrán que arrastrar los demás». La tertulia tuvo su punto culminante cuando Carlos Hidalgo preguntó como de sopetón: “Hablando en plata, Padre, ¿para qué ha puesto la Obra este Colegio Mayor?” La respuesta pronta del Padre, que se recoge en otros lugares de este mismo volumen, constituye el mejor resumen de lo que ha procurado ser Guadaira a lo largo de estos cincuenta años. Desde que don Vicente, en mayo de 1970, delimitó la historia del Colegio Mayor, hasta nuestros días, han pasado muchos años. Por exigencias del crecimiento de su labor, Guadaira se vio obligada a abandonar aquella esquina de la calle Canalejas para, siguiendo la querencia centrífuga de la vieja Sevilla, asentarse en un sereno rincón de la Palmera, a la vera del río. Pero ese cambio de fachada no implicó mudar de identidad. Por eso, no hubo tristeza en la despedida ya que el espíritu de Guadaira marchaba íntegro al nuevo edificio. Siguió desarrollando, ya con solera, con esa alegría del que sabe qué debe hacerse y se sabe dispuesto a no cejar hasta lograrlo, la labor formativa y cultural que fue la sustancia que le dio origen: con la sabiduría del que entiende que, sin perder su propio espíritu ni olvidar el motivo por el que se creó, debe adecuarse al ritmo cambiante de los tiempos. Si en el antiguo Guadaira fue el zaguán de entrada, que comunicaba con el vestíbulo y la sala de estar, centro de la convivencia familiar de los residentes, en su nueva sede el patio central del Colegio, con su enchinado y galería de arcadas, es el marco que llena esa necesidad. Si fueron inolvidables para los residentes de Canalejas las fiestas de San José y de la Inmaculada, en su nueva sede han conservado ese mismo carácter íntimo las celebraciones de la apertura de curso, las fiestas de Navidad y de Reyes. Como manifestación de solidaridad con la gente necesitada y para ayudar a los universitarios a tomar conciencia de la necesidad de salir de sí mismos y darse a los demás, se fomentaron en Guadaira las visitas a pobres y enfermos en los suburbios sevillanos y las catequesis. Ahora se sigue ofreciendo a los residentes esta posibilidad de ser generosos y aumentar su espíritu de servicio, visitando a personas enfermas, necesitadas o que viven en soledad y a quines se visita en asilos u hospitales. Si Guadaira fue en Canalejas referencia obligada en el ambiente cultural y académico de la Universidad y de la ciudad, en el Paseo de la Palmera no ha faltado tampoco a esa cita. Basta hojear las memorias de actividades de su historia para observar cómo se sucede una lista interminable de actos: conferencias aisladas o agrupadas en ciclos, mesas redondas, coloquios, club de cine, etc. Pero, además de esas actividades culturales de carácter más formal, la tertulia, esa vieja institución en la vida propia de Guadaira, protagoniza una de las actividades más importantes de la vida de un Colegio Mayor. Como se venía haciendo también en Canalejas, se invita a una personalidad del mundo universitario, periodístico, político, del deporte, las artes, la cultura o de cualquier otra área que parezca interesante, para establecer un dialogo distendido con los residentes y adscritos del Colegio Mayor sobre el tema del que el invitado desee hablar. Por la sala de estar de Guadaira suele pasar, cada curso, medio centenar de esos invitados. Todos los ámbitos del quehacer humano tienen cabida en las tertulias, que sirven para abrir horizontes culturales y profesionales a los residentes. Cuando en octubre de 1968 se inaugura el curso en su nuevo edificio, una nueva etapa había comenzado también. El centenar de universitarios que llena el Colegio Mayor pone empeño en trasplantar a un nuevo ámbito, la convivencia familiar de la antigua y reducida sede. Buena parte de ese esfuerzo correspondió a los residentes antiguos, los que conocieron el ambiente familiar e íntimo de los primeros años de la residencia, para que en la nueva dimensión Guadaira fuese la de siempre. En la primavera de 1987 se celebraron los cuarenta años de Guadaira. Hubo por la mañana un acto académico; por la tarde, en animada tertulia, se recordaron los momentos dulces y entrañables de Guadaira. Diego Domínguez, el primer Decano, leyó al comienzo de la tertulia las cartas y telegramas que enviaron los que no habían podido venir. Con idéntica ilusión y múltiples actos se celebraron en 1997 las Bodas de Oro, una ocasión memorable para tantos antiguos colegiales. Y con el mismo espíritu joven e ilusionante vemos a Guadaira proyectarse en el futuro al servicio de los jóvenes universitarios.

Realizar una visita al Colegio Mayor

Realizar una visita al Colegio Mayor y durante la misma se entrevistará al alumno. En dicha visita se entregará en mano la siguiente documentación:

Folleto explicativo del Colegio Mayor Guadaira y de los servicios que ofrece.

Memoria de Actividades del Colegio Mayor Guadaira.

Ficha de solicitud de plaza.

Código de entrevista (Imprescindible para solicitar plaza posteriormente)

Servicios e intalación

Guadaira ofrece alojamiento en habitaciones individuales, con régimen de pensión completa, que incluye tres comidas (desayuno, almuerzo y cena), el lavado de la ropa, el uso de todas las instalaciones y el derecho a participar en las actividades que el Colegio Mayor organice.

Sus instalaciones cuentan con aparcamiento, salón de actos, salas de estar, dos salas de estudio, sala de informática, biblioteca, oratorio, comedor, y zona de deportes que incluye piscina, pista polideportiva, vestuarios y jardín.

Actividades

Durante todo el curso académico, Guadaira ofrece actividades muy diversas con el objetivo de completar la formación académica que los estudiantes reciben en las Facultades y Escuelas Técnicas de la Universidad. Esa formación abarca los aspectos humano, académico, cultural y espiritual. 

Cursos de Libre Configuración, ciclos de conferencias, charlas sobre temas de interés profesional, o coloquios y tertulias sobre asuntos de actualidad, componen parte de la oferta cultural. 

También las actividades deportivas tienen un lugar en la vida del Colegio Mayor: además de las competiciones dentro del propio Colegio, los equipos de los diferentes deportes participan en la Liga Universitaria. 

De igual modo, quienes libremente deseen mejorar su formación espiritual tienen derecho a participar en los medios de formación cristiana que, de acuerdo con su misión, imparte la Prelatura del Opus Dei.

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